Francia, España e Italia copan el mercado del vino europeo. A su enorme producción se les une su poderosa maquinaria de marketing, y apenas Alemania escapa a su omnipresencia. Sin embargo, son muchos los países que tienen un pasado enológico y que poco a poco empiezan a desempolvarlo y a sacarlo al exterior. Hungría ya lo ha hecho y sus Tokaj son reconocidos en todo el mundo, aunque existen más de 20 regiones vinícolas en el país. Bulgaria parece que despierta poco a poco y saca un paso a Rumanía, que tiene regiones muy interesantes como Moldavia. Y por qué no hablar también de Serbia, que poco a poco olvida su tenso pasado reciente y se centra en el desarrollo de su economía y de su sector vinícola.
De los excelentes Tokaj ya os hablamos el mes pasado. La tradición habla de ellos como vino de reyes y de hecho estaban presentes en el menú de los monarcas franceses. Hay mil anécdotas y mitos en torno a este caldo cuyo color dorado se atribuía a la presencia de oro en las tierras en las que se cultivaban las vides. Pero, a pesar de ser la joya vinícola húngara, no es lo único digno de mención.
En Hungría, como ya os hemos adelantado, existen 22 regiones vinícolas, aunque en realidad se pueden distinguir cuatro grandes regiones: el Transdanubio meridional y septentrional, Tokaj y Eger. Esta última es muy conocida también por sus vinos de Sangre de Toro, que poco tienen que ver con la conocida marca de bodegas Torres. Sin embargo, durante muchos años se primó más la producción en cantidad que en calidad, aprovechando la fama para vender lo máximo posible. Eso rebajó mucho la calidad de estos vinos que desde 1997 están regulados y parece que vuelven a remontar.
De Rumanía, la región más conocida es quizás Moldavia, que linda con la convulsa república que lleva el mismo nombre. Como ocurrió en Hungría, los agresivos planes agrícolas del gobierno de Ceaucescu trastocaron completamente el paisaje y la producción. Y, como el país magiar, los vinos rumanos poco a poco van ganando en calidad. Materia prima tienen, ya que entre las uvas autóctonas se encuentran varias de gran calidad, sobre todo blancas como la Feteasca Alba o la Grassa de Cotnari. Ésta última es la que ha dado fama a los vinos rumanos.

En la vecina Moldavia, en realidad es un continuo geográfico separado tras la Segunda Guerra Mundial, se pueden encontrar algunas de las bodegas más grandes del mundo, como la de Milestii Mici con kilómetros y kilómetros repletos de botellas reposando.
Los vinos búlgaros fueron durante los años 70 y 80 el descubrimiento para todos aquellos que buscaban una buena relación calidad-precio. Sus Cabernets competían con cierta soltura con los caldos de países más consolidados. Sin embargo, la caida del comunismo fue también la caída del mercado vinícola búlgaro. Se redujeron drásticamente las exportaciones y las tierras ocupadas por viñedos. Y apareció la competencia de los vinos del llamado Nuevo Mundo, también baratos para la calidad que ofrecían.
Sin embargo, Bulgaria es indudablemente tierra de vinos y por ello el gobierno lleva varios años trabajando por mejorar la producción, introduciendo también nuevas viñas, adaptando las leyes y estableciendo criterios de calidad. Además, se están recuperando variedades autóctonas como la Mavrud y buscando nuevas combinaciones con uvas foráneas.
Por último, Serbia. Está siguiendo el mismo proceso que el resto de países de la zona. Sus viñedos se están reduciendo aunque mejorando y al mismo tiempo aumentan poco a poco las exportaciones. En la actualidad existen unos 1.200 productores que están recuperando la elaboración de vinos propios como el Trijumf o el Krokan.
Todas estas regiones gozan de una geografía y unas condiciones climáticas más que aptas para la elaboración de vino, pero se enfrentan a una amenaza: a la estandarización, a la elaboración de caldos que se alejan de su tradición, al uso de variedades foráneas para producir vinos que venden, olvidando que tienen sus propias armas para enfrentarse al complicado, para qué negarlo, mercado del vino.


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